Néstor Luperti, el “padre del básquet”, recibió un emotivo reconocimiento de sus alumnos en Caleta Olivia
Entre alumnos, amigos y recuerdos, Néstor Luperti fue homenajeado por sus 48 años junto al básquet.
A casi cinco décadas de haber comenzado su camino con la enseñanza del básquet, Néstor Luperti recibió un reconocimiento impulsado por quienes alguna vez fueron sus alumnos y hoy lo consideran un amigo y referente. El homenaje recuperó recuerdos de la Escuela 43, el mini básquet, el gimnasio del ex club YPF, y una manera de enseñar que dejó huellas mucho más allá de una cancha.
Hay reconocimientos que llegan acompañados de una plaqueta, una foto o un aplauso. Y hay otros que tienen detrás décadas de recuerdos, nombres, encuentros y enseñanzas que permanecieron intactas a pesar del paso del tiempo. El homenaje que recibió Néstor Luperti pertenece a esta última categoría.
El profesor de Educación Física fue sorprendido por un grupo de antiguos alumnos, amigos y personas que compartieron con él distintas etapas de su vida vinculadas al deporte. La emoción estuvo presente desde el comienzo, pero también la alegría de reencontrarse con aquellos chicos que alguna vez llegaron a una cancha con apenas seis, siete, ocho o diez años y que hoy, ya adultos e incluso algunos convertidos en abuelos, todavía lo reconocen como “el profe”.

La iniciativa para concretar el homenaje fue impulsada por Fabián Romero, a través de un proyecto que fue presentado en el Honorable Concejo Deliberante y que contó con el acompañamiento del concejal Juan Curallán.
La decisión tuvo una premisa sencilla pero profunda: reconocer a una persona por lo que hizo durante toda una vida, pero hacerlo mientras todavía puede recibir ese cariño.
“Los homenajes hay que hacerlos en vida”, resumió Romero, quien recordó haber tenido apenas ocho o nueve años cuando conoció a Luperti en la Escuela 43.
De la Escuela 43 al mini básquet
La historia de Néstor con el básquet comenzó mucho antes de imaginar que aquella actividad terminaría convirtiéndose en una parte fundamental de su vida.
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Recordó sus primeros pasos en la Escuela 43 y cómo, con el tiempo, fue tomando forma una escuelita de mini básquet que permitió que muchos niños y niñas se acercaran al deporte.
Incluso recordó una particularidad de aquellos primeros tiempos: las chicas, que inicialmente no participaban de las clases de básquet como los varones, comenzaron a acercarse y a jugar en un aro improvisado que había sido colocado en la cancha.
“Uno hace y no piensa lo que va a pasar”, reflexionó Luperti al mirar hacia atrás.
La vida, sin embargo, le terminó devolviendo mucho más de lo que alguna vez pudo imaginar.
Según contó, fue la oportunidad que otras personas le dieron y la confianza de quienes lo alentaron a intentarlo lo que permitió que aquella experiencia se transformara en una escuela que hoy, casi medio siglo después, continúa vigente.
Cuando los alumnos se convierten en amigos
Uno de los momentos más emotivos del homenaje fue el reencuentro con quienes fueron sus alumnos.
Luperti explicó que la profesión le permitió conocer a miles de personas a lo largo de los años. Muchos de aquellos niños regresan ahora convertidos en adultos y, cuando lo encuentran, mantienen intacta aquella manera de llamarlo.
“Hola, profe”.
Él reconoce algunas caras, pero admite que el paso del tiempo también hace lo suyo.
Los chicos que conoció hace décadas cambiaron físicamente, crecieron, formaron sus propias familias y siguieron caminos diferentes. Sin embargo, la memoria de aquellos años permanece.
“Fueron alumnos, pero ahora son amigos de la vida”, expresó con emoción.
Y quizá allí esté una de las claves de su legado: no solamente enseñó a picar una pelota, defender, atacar o compartir una cancha. También construyó vínculos que sobrevivieron al paso del tiempo.

El gimnasio y una época que quedó grabada
Entre los recuerdos que aparecieron durante el homenaje también estuvo el del gimnasio del ex club YPF, un espacio que para toda una generación significó mucho más que un lugar donde practicar deporte.
Fabián Romero recordó aquellos años en los que no existían los celulares y las posibilidades de entretenimiento eran muy diferentes.
“Era el colegio y el básquet”, recordó.
Después del entrenamiento también había espacio para el folklore y para compartir con los compañeros. El gimnasio terminó convirtiéndose en un lugar de encuentro cotidiano y, para muchos, en una parte fundamental de su infancia y adolescencia.
Por eso, Romero eligió para la plaqueta una frase relacionada con el sonido de una pelota picando en el gimnasio.
Ese sonido, explicó, representa mucho más que un simple rebote: detrás de cada pique hay horas de entrenamiento, amistades, aprendizajes y recuerdos que permanecen.
“Hay que sembrar y nadie sabe dónde cae esa semilla”
Durante el encuentro apareció una frase que parece resumir buena parte de la trayectoria de Luperti: “Hay que sembrar y nadie sabe en qué lugar cae esa semilla”.
Con los años, el profesor pudo comprobar que muchas de aquellas semillas efectivamente germinaron.
Alumnos que eligieron el deporte, otros que siguieron carreras diferentes, familias que continuaron vinculadas a las instituciones deportivas y, también, personas que terminaron tomando la docencia como camino de vida.
Entre ellas está su propia hija, Aylen Luperti.
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Aylen: “Soy docente por mi papá”
Aylen participó del homenaje y no pudo ocultar la emoción al hablar de su padre.
Contó que su decisión de dedicarse a la docencia estuvo profundamente marcada por haberlo visto enseñar durante toda su vida.
“Soy docente por mi papá”, expresó.
Para ella, Néstor siempre fue mucho más que un profesor de Educación Física. Fue el hombre que enseñó con el ejemplo, que acompañó a sus hijos, que transmitió el valor de una cancha, de un gimnasio, del deporte y, fundamentalmente, de los vínculos.
“Por donde pasamos tenemos que tratar de dejar que el lugar sea mejor”, recordó como uno de los mensajes que su padre transmitió durante toda su vida.
Ese principio, dijo, no se limita al deporte. Puede aplicarse a una cancha, a un aula, a la naturaleza o a cualquier espacio que una persona atraviese.
Un profesor de Educación Física y un hombre feliz
Cuando le preguntaron quién es Néstor Luperti, él respondió con sencillez:
“Un profe de Educación Física.”
Pero cuando le preguntaron si además se consideraba un hombre feliz, tampoco dudó.
“Sí, sí, sí”, respondió.
Y después enumeró pequeñas grandes razones para sentirse agradecido: sus hijos tienen trabajo, su nieto está bien y puede atarse los cordones todas las mañanas.
Una respuesta sencilla que terminó siendo una de las más profundas del encuentro.
Porque detrás de los casi 48 años de básquet, de los miles de alumnos, de los gimnasios y de las generaciones que pasaron por sus clases, Luperti eligió mirar su vida desde un lugar esencial: la posibilidad de estar, compartir y disfrutar.
Fabián Romero destacó que Luperti ayudó a formar a varias generaciones, no solamente desde lo deportivo, sino también desde la palabra, los límites, el acompañamiento y la enseñanza.
Una palabra bien dada, un consejo en el momento indicado y la presencia de un adulto que acompaña pueden permanecer en la memoria de un niño durante toda la vida.

Una huella que excede al básquet
Aylen definió a su padre con una frase que probablemente explique por qué tantos de sus antiguos alumnos decidieron estar presentes.
“Es un gran hombre”, dijo, después de reconocer que resulta imposible resumirlo en una sola palabra.
Y quizás esa sea la mejor manera de entender el homenaje.
Néstor Luperti no recibió solamente una distinción por sus años dedicados al básquet. Recibió el reconocimiento de quienes alguna vez fueron niños y hoy regresaron para decirle que aquellas horas compartidas tuvieron sentido.
El deporte fue la herramienta. La enseñanza, el camino. Y los vínculos, la verdadera huella.
Por eso, entre abrazos, recuerdos y alguna lágrima inevitable, el homenaje terminó siendo mucho más que un acto formal: fue una oportunidad para que un profesor pudiera mirar hacia atrás y descubrir, frente a sus propios alumnos, cuánto había sembrado.
