Día del Maestro: docentes de Caleta Olivia hablaron de vocación, recuerdos y el valor del vínculo con sus alumnos
En el Día del Maestro, docentes de Caleta Olivia compartieron sus historias, recuerdos y experiencias frente al aula. Lorena Nieva, Sonia Fernández y Marcos Palacios coincidieron en destacar la vocación, el trabajo en equipo y, sobre todo, el vínculo humano que se construye diariamente con los estudiantes y sus familias.
Enseñar también es dejar una huella: historias y emociones de docentes de Caleta Olivia
Al celebrarse el Día del Maestro, las escuelas de Caleta Olivia se llenaron de actos, encuentros y reconocimientos para quienes todos los días sostienen una de las tareas más importantes de la sociedad: acompañar a los niños y niñas en sus primeros aprendizajes.
En ese marco, tres docentes compartieron sus historias, recuerdos y reflexiones sobre una profesión que, más allá de los cambios tecnológicos y sociales, conserva un elemento que consideran irremplazable: el vínculo humano entre el maestro y sus alumnos.
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Desde el Jardín de Infantes Nº 51, su directora Lorena Nieva habló con orgullo de la celebración preparada para docentes y auxiliares de la educación. Para ella, la fecha representa una oportunidad para reconocer una tarea que se construye diariamente con dedicación, cariño y compromiso.
Nieva lleva casi 25 años en la docencia y recordó que su llegada a la educación inicial no fue exactamente el camino que había imaginado al comienzo. Había iniciado sus estudios pensando en ser profesora de nivel primario, pero terminó encontrando su lugar en el jardín.
“Muy feliz, lo elegiría aún y mil veces”, expresó al recordar aquella decisión.

Los maestros que también quedan en la memoria
Hablar de la profesión llevó inevitablemente a recordar a aquellos docentes que dejaron una marca durante la etapa escolar.
Nieva mencionó especialmente a Hortensia, una de sus maestras de la escuela primaria, con quien todavía mantiene contacto. Pero también destacó que cada docente puede dejar una huella desde pequeños gestos, desde las estrategias para enseñar y, fundamentalmente, desde la calidez con la que se relaciona con sus alumnos.
Para ella, el vínculo afectivo es una pieza fundamental del aprendizaje.
Y del otro lado de esa relación también quedan recuerdos imborrables. Después de 25 años de servicio, Nieva asegura llevar en el corazón a muchos de los niños que pasaron por su vida.
Una de esas historias ocurrió recientemente, cuando reconoció a uno de sus primeros alumnos mientras trabajaba como mozo en un restaurante.
“Me acordé de ellos, siempre me los llevo en el corazón”, contó emocionada.
Las anécdotas, las ocurrencias y hasta las situaciones más divertidas forman parte de esa memoria que construyen los docentes. Para Nieva, el jardín es incluso “otro mundo”, un espacio donde las risas, los abrazos y el cariño de los chicos permiten desconectarse por unas horas de las preocupaciones cotidianas.
Una familia que también entra al jardín
La directora también se refirió a los cambios que atravesaron las instituciones educativas durante los últimos años.
Las familias son diferentes, los contextos sociales cambiaron y los docentes trabajan con nuevas realidades. Sin embargo, sostuvo que hay algo que no se modifica: la necesidad de mirar al niño como un ser integral.
“Entra un niño, entra su familia también”, resumió.
Desde esa mirada, la institución busca que las familias se sientan parte del jardín y que el contexto de cada estudiante sea tenido en cuenta en el proceso educativo.
La escuela frente al desafío de las pantallas
Uno de los grandes desafíos actuales es la presencia permanente de celulares y pantallas en la vida cotidiana de los niños.
En el jardín, Nieva explicó que buscan generar durante esas horas un espacio diferente, basado en la exploración, el juego y el contacto directo con el entorno.
Tocar, mirar, oler, experimentar y utilizar los sentidos forman parte de una enseñanza que intenta recuperar experiencias que muchas veces quedan relegadas frente a las pantallas.
Pero también destacó algo todavía más básico: mirar a los ojos, escuchar y contener.
“Cada niño viene con una historia”, señaló, y muchas veces sentirse escuchado y mirado puede ser tan importante como cualquier contenido pedagógico.
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“Uno sigue aprendiendo todos los días”
En esa misma línea se expresó Sonia Fernández, quien también reivindicó el trabajo colectivo dentro de las instituciones educativas.
Para Fernández, enseñar implica formar parte de un equipo donde todos deben avanzar hacia un mismo objetivo.
También recordó a docentes que dejaron una huella en su propia vida, entre ellos Isabel Echeverría, Cristina Balero y Susana Gaete.
Al igual que Nieva, relató una de esas escenas que solamente pueden entender quienes llevan años frente a un aula: encontrarse muchos años después con un antiguo alumno convertido en adulto.
Recordó el momento en que un hombre se acercó, la saludó y le dijo: “Hola, seño, quiero presentarle a mis hijos”.
Ese instante, explicó, genera la sensación de que el tiempo no hubiera pasado.
Fernández llegó a la docencia después de haber trabajado en distintos ámbitos y asegura que finalmente tomó “la mejor decisión”, porque descubrió una profesión que le gusta y la apasiona.

El orgullo de ver aprender a un niño
Para Fernández, una de las mayores satisfacciones de la profesión aparece en pequeños momentos que para los docentes significan muchísimo.
Escuchar a un niño leer sus primeras palabras o acercarse orgulloso para decir “Seño, ya aprendí a leer” representa uno de esos logros que justifican años de trabajo.
Por eso alentó a quienes están pensando en estudiar docencia a abrazar la profesión con amor y compromiso.
También dejó un mensaje para sus colegas: seguir trabajando en equipo y recordar que todos forman parte de una misma tarea.
Marcos Palacios: 19 años frente al aula
Desde la Escuela Nº 57 del barrio 2 de Abril, Marcos Palacios también compartió su mirada sobre la profesión.
Con 19 años de trayectoria como docente, recordó que su decisión de ser maestro comenzó cuando todavía estaba en la escuela secundaria, en Río Negro.
Las posibilidades económicas y la cercanía con la universidad influyeron en aquella elección, pero con el paso del tiempo descubrió que había tomado una decisión que lo hacía feliz.
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Entre los maestros que lo marcaron recordó especialmente a Adriana, su docente de tercer grado.
Palacios contó incluso que en aquel momento llegó a pensar en repetir el grado para poder seguir teniendo como maestra a quien tanto admiraba.
Con los años, aquella admiración se transformó en una idea que hoy atraviesa su manera de entender la profesión: ser maestro también es una forma de devolver algo de lo recibido.
Un abrazo que puede cambiar el día
Entre todas las transformaciones que atravesó la escuela, Palacios considera que hay algo que permanece intacto: la relación entre docentes y alumnos.
La tecnología puede cambiar las herramientas, pueden aparecer nuevas plataformas y hasta la inteligencia artificial puede incorporarse a la educación. Pero, para él, siempre será necesaria la presencia humana.
Uno de los momentos que más disfruta son los abrazos que recibe de sus alumnos al comenzar la jornada.
También apuesta al humor y a generar un buen ambiente dentro del aula, porque considera que cuando existe un clima positivo, los chicos pueden aprender y desenvolverse mejor.

Tecnología sí, pero sin perder la realidad
Palacios reconoce que Internet representa una enorme fuente de información y una herramienta que puede ser aprovechada en la escuela.
El desafío, sostiene, está en saber mediar su utilización y evitar que la realidad de las pantallas termine reemplazando la experiencia real.
“Siempre vas a necesitar una parte humana”, planteó al referirse al rol del docente.
En su caso, además, combina la enseñanza con su faceta artística como actor y teatrero, llevando el humor, los personajes y la creatividad al ámbito escolar.
“El maestro es una esperanza”
Al pensar en quienes están considerando abrazar la docencia, Palacios dejó una definición que sintetiza buena parte de sus 19 años de experiencia: el maestro es una esperanza.
Reconoció las dificultades económicas que atraviesa el sector, pero puso el foco en otra dimensión de la profesión: el crecimiento personal, las relaciones humanas y la posibilidad de acompañar a los niños mientras descubren el mundo.
Para él, enseñar también significa estimular la imaginación, acompañar procesos y ayudar a que cada estudiante pueda desarrollarse.
Y en ese camino, considera fundamental no perder nunca el componente humano.
Un reconocimiento que va más allá del aula
Las voces de Lorena Nieva, Sonia Fernández y Marcos Palacios coinciden en un punto central: enseñar no consiste solamente en transmitir conocimientos.
También implica escuchar, mirar, acompañar, aprender de los alumnos, trabajar junto a las familias y compartir con los colegas.
En la víspera del Día del Maestro, sus historias permiten mirar la profesión desde otro lugar: desde esos pequeños momentos que no aparecen en los programas educativos, pero que quedan para siempre en la memoria.
Un abrazo al llegar a la escuela. Un alumno que años después reconoce a su “seño”. Las primeras palabras leídas. Una sonrisa. Una familia que se siente parte. Una maestra que todavía recuerda a quienes pasaron por su aula.
Porque, al final, los docentes también enseñan desde las huellas que dejan en quienes alguna vez fueron sus alumnos.
