El peronismo ‘incómodo’ de Santa Cruz

 Jueves, 09 Abril 2026 – Aún rememoro ese día. Estar allí. Ser una espectadora en vivo y en directo, ver cómo pateaba el tablero del peronismo santacruceño gritando a viva voz: “…la pelea la vamos a dar adentro, porque adentro les vamos a ganar; nosotros no le sumamos, a nosotros nos van a sumar…”. La frase, lanzada en un tono contundente, no sólo buscaba imponer la interna: pretendía fijar una posición en el campo de disputas que, por entonces atravesaba al PJ total.

Y así, sin preámbulos proclamó: “…pero también les quiero decir (para que no se sorprendan mañana) qué quién les está hablando va a ser el próximo Gobernador de la provincia de Santa Cruz!!!!”. La tensión en el aire se comenzaba a cortar con un cuchillo. El murmullo se volvió ruido, y el ruido, incomodidad. Las miradas cruzadas entre compañeros y compañeras presentes dejaron ver algo más que sorpresa ante la declaración de Javier Belloni.

Corrían los primeros días de mayo de 2019, en una Caleta Olivia con buen clima. Como en esos otoños exquisitos donde el viento duerme y los habitantes transitan su cotidianeidad. Pero en barrio parque, la temperatura era diferente. El Centro de Jubilados de YPF se transformó en un espacio donde detonó una bomba. Sus esquirlas se esparcieron por doquier, y sus efectos trascendieron en el tiempo – más aún – cuando la escena se interrumpió con otro gesto, aún más disruptivo: “si quieren que sea Gobernador… lo voy a ser”, cantó quiero retruco el sindicalista Claudio Vidal. Bastaron segundos para que se resquebrajara ese frágil intento de unidad que semanas antes había comenzado a gestarse en Cañadón Seco.

Aquel episodio puede leerse como un punto de inflexión: el último ocaso de una intentona del peronismo santacruceño para marcar el inicio de una reconfiguración más profunda. “Peronistas que no se encontraban y ese día lo hicieron”, pensaban algunos, en una interpretación que no deja de ser paradójica. Porque ese encuentro, lejos de suturar diferencias, terminó por sellar una fractura al interior de lo que se proclamaba como el “peronismo verdadero”.

Segunda Cumbre Peronista, Mayo de 2019. Centro de Jubilados YPF. Caleta Olivia.
Fuente: Archivo ETNOgráficas
Las lecturas posteriores oscilaron entre la descalificación y la advertencia. Para unos, se trató de un gesto de “incontinencia política”; para otros, de un acto premonitorio: “le va a salir el tiro por la culata…”. Susurraron en voz baja, sin embargo, emergía otra hipótesis más estructural: la idea de una estrategia deliberada de ruptura, alentada – según se sugería – desde el teléfono rojo del kirchnerismo. mientras tanto, en las bases comenzaba a instalarse un malestar persistente, una demanda difusa, pero creciente: la necesidad de romper con la inercia de que siempre sean “los mismos”.

La “unidad peronista”: el comienzo del fin

La cumbre de Cañadón Seco en abril de ese mismo 2019, fue con el tiempo, el primer indicio de algo más grande: el punto inicial de una ingeniería electoral que todavía no mostraba su forma, pero ya estaba en marcha. Lo supe después, cuando las piezas comenzaron a encajar. “El día que Javier Belloni irrumpió a escupir el asado en la mesa del peronismo… ese mismo día Alicia consolidaba su nuevo mandato”. Nadie lo percibía entonces, pero había algo en ese cruce de escenas que tenía espesor histórico.

Recuerdo haber estado allí. Fue el primero de los actos, el momento en que todo parecía todavía posible. En Cañadón Seco —en esa geografía que se asume capital simbólica del petróleo— se reunieron figuras que, hasta entonces, orbitaban en trayectorias paralelas: Arturo Puricelli, Sergio Acevedo, Javier Belloni, Claudio Vidal, Jorge Soloaga. La consigna era clara, casi solemne: una “cumbre peronista”. Pero bajo esa superficie ordenada comenzaba a insinuarse otra cosa, menos armónica, más inestable. Como si en lugar de una síntesis se estuviera gestando una lengua fragmentada, una suerte de Torre de Babel que apenas empezaba a erigirse.

Primer Cumbre Peronista, Abril de 2019. Centro Cultural de Cañadón Seco.
Fuente: Archivo ETNOgráficas
El segundo acto terminó de revelar lo que el primero apenas sugería. Desde el sur profundo, el intendente calafateño —hijo político del kirchnerismo— tomó la palabra con un tono encendido, casi performático, y cerró con una frase que cayó como un golpe seco: “acá les habla el futuro Gobernador de Santa Cruz”. El salón, colmado de sindicalistas, dirigentes históricos, militantes y medios, quedó suspendido en un silencio espeso, incómodo. Como si por un instante la escena hubiera perdido su guion.

Pero la tensión no tuvo tiempo de asentarse. En cuestión de segundos, Claudio Vidal —acorralado por la jugada— devolvió el movimiento con una réplica cargada de euforia y desafío: “Si me quieren, me van a tener como candidato”. Ya no había margen para equilibrios. El peronismo, o al menos su destino inmediato, comenzaba a jugarse allí, en ese intercambio abrupto, en esa disputa sin mediaciones.

La tarde, que prometía una renovación de la mística militante, empezó a desdibujarse. Afuera, el mar seguía en calma, ajeno a la escena. Adentro, en cambio, algo se había quebrado. Belloni avanzaba con los primeros gestos de campaña —remeras, gorras, el color naranja instalándose como marca— mientras el clima mutaba hacia una mezcla de desconcierto y desencanto.

La decisión, se intuía, no había nacido ahí. Ya estaba tomada.
La pregunta era otra: ¿quiénes lo sabían desde antes?

Segunda Cumbre Peronista, Mayo de 2019. Centro de Jubilados YPF. Caleta Olivia.
Fuente: Archivo ETNOgráficas
Hoy, el peronismo santacruceño parece debatirse en un umbral incómodo: entre la persistencia de sus lealtades históricas y la necesidad —todavía difusa— de reinventar su horizonte. No es sólo una disputa de nombres o liderazgos, sino una tensión más profunda entre modos de hacer política, de construir representación y de leer el territorio. En ese escenario, la vanidad se filtró como ruido de fondo, desplazando muchas veces la discusión sustantiva. Y sin embargo, reducir el mapa a bloques enfrentados sería simplificar en exceso una trama que, en realidad, está atravesada por fisuras internas, matices y contradicciones que cada tradición arrastra consigo.

Tal vez la clave no esté en insistir con la idea de “los unos contra los otros”, sino en ensayar una mirada lateral: observar cómo cada uno de esos peronismos lidia con sus propias tensiones, sus límites y sus deudas. Porque incluso allí donde se proclama la “ortodoxia”, conviven estrategias divergentes; y donde se invoca la renovación, emergen viejas prácticas recicladas. La pregunta, entonces, no es sólo quién conduce, sino cómo se reconfigura un proyecto común en un escenario donde las identidades ya no ordenan como antes. ¿Cómo se reconstruye sentido político sin caer en la mera administración de fragmentos?

La postal reciente lo sintetiza con crudeza: en la zona norte, a 80 años del Día de la Lealtad, no hubo una única celebración sino tres. Tres actos, tres convocatorias, tres formas de nombrarse peronistas. El PJ tradicional, encabezado por María Ester; el “Encuentro Peronista” en el Centro Salteño, con el acompañamiento de camioneros y bajo la sombra de disputas por su conducción; y una tercera expresión, más improvisada, que se desplazó del CIC Virgen del Valle al SUM del Club Estrella del Norte. Tres escenas que, lejos de confirmar la consigna de “todos unidos triunfaremos”, dejan abierta otra pregunta, más incómoda pero también más fértil: ¿y ahora cómo seguimos? Tal vez la respuesta no esté en forzar una unidad declamada, sino en animarse a revisar, desde adentro, aquello que cada peronismo todavía no ha querido —o no ha podido— discutir.

¿Todos unidos triunfaremos?

Todo es confusión. Y, sin embargo, hay frases que regresan como un eco imposible de ignorar. Aquella de Claudio Vidal en el lejano Cañadón Seco —“peronismo verdadero”— hoy resuena menos como una definición y más como una pregunta abierta. En el tablero actual, las piezas se mueven sin terminar de encajar: Pablo Grasso tensiona como figura de la renovación hacia adentro del universo peronista-kirchnerista —y acaso no haga más que cumplir con su trabajo—; Javier Belloni, desde su bastión sureño, administra lealtades sin necesidad de exhibir esfuerzo, con el carisma de un témpano reina desde la tierra prometida del kirchnerismo administrando hábilmente la herencia recibida en los tiempos de gloria ; y el otro vértice, ese dirigente formado al calor del kirchnerismo, un tipo humilde y cercano despliega una experiencia que no promete épicas, pero sí resultados suficientes para sostenerse. ¿Y el cuarto? ¿Habrá lugar para un outsider que se anime a pedalear en calles de tierras por una Santa Cruz a punto de prenderse fuego?

Alicia Kirchner en Río Gallegos. Fuente: Tiempo Sur
Lo que emerge, en todo caso, es una “incomodidad” persistente. Una fragmentación que no nació de un día para otro, sino que se fue sedimentando al amparo de reglas de juego que durante años ordenaron hacia afuera lo que desordenaban por dentro. Hoy, sin esos amortiguadores, los peronistas y las peronistas estamos a la intemperie y ya comenzaba a ver la peor cara de esa dispersión en la carrera hacia 2027. Ya no hay síntesis fáciles ni relatos que alcancen para todos.

En la tierra que supo pensarse como homogénea, las varas nunca fueron iguales. Y ahora se nota más. Las comunidades de cercanía —esas donde todos se conocen, donde las trayectorias pesan y los gestos no se olvidan— no admiten simulacros. Demasiado próximos para disimular, demasiado atravesados por viejos enconos como para fingir neutralidad. Quizás, en ese exceso de proximidad, esté también la clave: no para ordenar lo que se rompió, sino para empezar, al menos, a nombrarlo sin eufemismos. Porque tal vez el primer paso para salir de la confusión no sea encontrar una nueva síntesis, sino reconocer, sin atajos, la profundidad de la fractura.

Por Laura Córdoba – Maestranda en Antropología Social – PPAS/UNaM. Fragmento de Cuadernos de Campo: “Lealtad, con lealtad de paga«. Una etnografía sobre el significado de la lealtad peronista en los cierre de lista durante 2015-2019 en Caleta Olivia, provincia de Santa Cruz.

Fuente:  Etnografica

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